15 de mayo de 2026 – En un mundo sacudido por guerras comerciales, aranceles unilaterales y la militarización de las cadenas de suministro, Brasil ofrece una lección que trasciende fronteras: la soberanía no se decreta, se construye con coraje, inversión y visión de largo plazo. Dos episodios separados por dos décadas —el descubrimiento del pré-sal y la reciente regulación de las tierras raras— revelan un patrón que otros países del Sur global harían bien en estudiar y, sobre todo, imitar.
Por Ramiro Carlos H. Caggiano Blanco
Cuando Luiz
Inácio Lula da Silva asumió la presidencia en 2003, Petrobras era una empresa
mixta con mayoría estatal que venía de una década de gestión neoliberal. La
vieja guardia de la compañía tenía una prioridad clara: estabilidad. No querían arriesgarse en nuevas prospecciones. El
mantra era "no gastar, no arriesgar".
Lula y su
equipo del Partido de los Trabajadores tenían otra idea: sin inversión no hay ganancias, y Brasil llevaba décadas buscando
romper su dependencia del petróleo importado —una obsesión que se remontaba
a la dictadura militar y que dio origen al programa Proálcohol.
La decisión
fue tomada a contramano del "sentido común" de la época: perforar a 7.000 metros de profundidad
(2.000 metros de agua, 2.000 de roca, 2.000 de sal). Los técnicos más ortodoxos
lo llamaban "suicidio técnico". Nadie en el mundo había logrado algo
así a esa escala.
El coraje tuvo recompensa. A fines de 2006, Petrobras encontró
petróleo ligero de altísima calidad en el Campo de Tupi (hoy Campo de Lula),
bajo una gruesa capa de sal que se movía y era corrosiva. El hallazgo convirtió
a Brasil en potencia petrolera.
Pero ahí no
terminó la política autónoma. Lula enfrentó una segunda disyuntiva: comprar plataformas petrolíferas coreanas
más baratas o construirlas en Brasil. La opción coreana ahorraba
aproximadamente US$ 100 millones por plataforma. La decisión de Lula fue
contundente:
"O nós tomamos a decisão de fazê-las aqui, gerando tecnologia, emprego, renda e desenvolvimento, ou a Petrobras vai economizar US$ 100 milhões e comprar todas em Cingapura."
Construir en Brasil. El resultado: la industria naval brasileña, que
empleaba 7.000 trabajadores en 2002, llegó a emplear 80.000 en 2014. Se crearon institutos técnicos, centros de
formación y una universidad corporativa de Petrobras. Brasil no solo extrajo
petróleo: aprendió a hacerlo con
tecnología propia.
Segunda lección (2024-2026): Las tierras raras y el nuevo tablero geopolítico
Veinte años
después, la historia se repite con otros actores pero el mismo espíritu. En
2024, el gobierno de Lula (ahora en su tercera presidencia) asistió a un hecho
que encendió todas las alarmas nacionalistas: una empresa privada brasileña que
explota tierras raras en Goiás recibió un gigantesco aporte de capital
—aproximadamente US$ 465 millones—
de una agencia del gobierno de Estados Unidos.
El
gobernador de Goiás, Ronaldo Caiado (Unión Brasil), salió a acusar al gobierno
federal de "entregar" las riquezas brasileñas a los
"gringos". El tono subió rápidamente.
Pero los hechos son tozudos: la empresa era privada. El gobierno federal no había tenido ninguna
participación en la operación. Y su producción era marginal, pues Brasil aún no
domina el eslabón más valioso de la cadena: el refinamiento de tierras raras.
Sin
embargo, la crítica nacionalista tenía un núcleo de verdad incómodo: Brasil carecía de un marco regulatorio para
sus minerales estratégicos. Mientras el país posee la segunda mayor reserva
de tierras raras del mundo, China domina el 90% del mercado de refino y ha
reducido sus exportaciones como arma diplomática en la guerra comercial con
Estados Unidos.
La respuesta de Lula fue rápida, quirúrgica y
profundamente soberana:
1. Envió al Congreso un proyecto de ley que declara las tierras raras minerales estratégicos bajo jurisdicción federal.
2. El Congreso aprobó la iniciativa del Poder Ejecutivo.
3. Creó una comisión especial para mapear todos los minerales críticos (tierras raras, nióbio, lítio, titanio).
4. Estableció que ninguna empresa podrá ser vendida a inversores extranjeros sin autorización previa del gobierno federal.
El presidente fue explícito: "A hora que a gente der autorização para uma empresa e que ela achar, ela não pode ser vendida sem conversar com o governo e muito menos ela vai poder vender a área que tem o minério. Porque aquilo é nosso. Aquilo é de uma pessoa chamada 'povo brasileiro'."
El marco regulatorio de la soberanía (mayo de
2026)
En la
exacta víspera del viaje a Washington, Lula y el Congreso Nacional aprobaron un
nuevo marco legal para el sector. Esta fue la materialización de la promesa de
no repetir los errores del pasado mineral brasileño.
La nueva
Política Nacional de Minerales Críticos establece un trípode de soberanía:
|
Pilar |
Detalle |
|
Fondo Garantizador |
R$ 5 mil millones
para fomentar la cadena productiva local |
|
Créditos Tributarios |
R$ 50 mil millones
en incentivos fiscales para empresas que procesen minerales en territorio
nacional |
|
Jurisdicción Federal |
Refuerzo de que el subsuelo pertenece a la Unión, blindando acuerdos estaduales aislados |
Este movimiento legislativo fue la "carta en la manga" de Lula en la reunión con Trump. El presidente pudo garantizar a los estadounidenses: "Hay seguridad jurídica nueva, pero exige que la industrialización ocurra aquí dentro."
Lo que el mundo puede imitar: tres pilares de
una política autónoma exitosa
Estos dos
episodios —separados por veinte años pero unidos por el mismo espíritu—
permiten extraer lecciones valiosas para cualquier país que aspire a una
verdadera soberanía:
a. Coraje para invertir contra el "sentido común"
En el pré-sal, Brasil perforó donde nadie se atrevía. En las tierras raras, Brasil se negó a ser mero exportador de materia prima y exige valor agregado local. La soberanía no es gratis: requiere inversión inicial y tolerancia al riesgo.
b. Marco regulatorio que antecede a la explotación
El pré-sal se benefició de décadas de desarrollo tecnológico en Petrobras. Las tierras raras están recibiendo ahora su marco legal. La lección es clara: no se puede esperar a que aparezca el inversor extranjero para pensar la soberanía.
c. Diplomacia de igual a igual
Ni sumisión a los "gringos" ni aislamiento autárquico. Lula le dijo a Trump en mayo de 2026: "inviertan en Brasil, pero dejen tecnología". A China le dice: "somos socios, no colonia". La política autónoma es eso: negociar desde la fuerza de los propios recursos.
La consolidación de la estrategia de soberanía
Con la
reunión de mayo de 2026, queda claro que la política autónoma diseñada en el
pré-sal ha madurado. Brasil no está más solo reaccionando a oportunidades o
amenazas; está protagonizando la articulación de su propio desarrollo.
Para
Estados Unidos: Brasil se presenta como el socio estratégico para romper el
monopolio chino, pero con la condición innegociable de la transferencia de
tecnología y la industrialización local.
Para China:
Las palabras de Lula sirven como un recordatorio de que la asociación económica
(China es el mayor socio comercial de Brasil desde 2008) es valorada, pero no
será exclusiva ni subordinada.
El desafío que persiste
Brasil aún
tiene cuentas pendientes. Si bien logró dominar la extracción en aguas
ultraprofundas para el petróleo, en tierras raras el país todavía no domina el
refinamiento —el eslabón donde más valor se agrega. Hoy, el mineral sale de
Goiás como materia prima y vuelve como producto manufacturado de China o
Estados Unidos.
Ese es
precisamente el próximo paso. Así como la decisión de construir plataformas en
Brasil creó 80.000 puestos de trabajo y una universidad corporativa, la
regulación de los minerales críticos deberá venir acompañada de inversión en
tecnología de refinamiento.
Pero al
menos ahora hay un camino trazado. Y ese camino se llama: coraje, política
autónoma y soberanía.
Conclusión
En un mundo
donde la geopolítica talla cada ver con más fuerza, Brasil ha demostrado que es
posible una tercera vía: ni alineamiento
servil ni hostilidad sistemática, sino
negociación dura con los propios recursos como carta de triunfo. El coraje
político de no tener miedo de sentarse a la mesa con todas las potencias,
aliado a un marco regulatorio propio aprobado en la víspera de la reunión,
consagra la política de soberanía brasileña. Esta vez, el "norte" no
es Washington ni Pekín, es la industria y el empleo dentro del territorio
brasileño. Este es el modelo a ser imitado: autonomía para negociar de igual a
igual.