Silicon Valley redefine cómo la Fed debe interpretar la realidad

 15/07/2026│El nombramiento de tres figuras ligadas a Silicon Valley —el capitalista de riesgo Marc Andreessen, la ejecutiva de Microsoft Asha Sharma y el economista de Stanford Charles I. Jones— en el Grupo de Trabajo sobre Productividad y Empleo de la Reserva Federal no es un gesto académico neutral, sino una jugada estratégica del presidente de la Fed, Kevin Warsh, para blindar con aparente tecnicismo la tesis de que la inteligencia artificial es una fuerza desinflacionaria. Detrás de este movimiento se esconde un doble objetivo: por un lado, justificar tipos de interés bajos que alimenten la burbuja inversora de las grandes tecnológicas, atrapadas en una lógica de financiación circular y pérdidas crecientes; por otro, ofrecer cobertura política a la administración Trump en un año electoral. 

Por: Lic. Alejandro Marcó del Pont


Mantener la independencia de la Reserva Federal para servir a Wall Street (El Tábano Economista)

El 9 de julio de 2026, el presidente de la Reserva Federal, Kevin Warsh, dejó en claro dos cosas. La primera, que es, según estimaciones difundidas durante su audiencia ante el Comité Bancario del Senado, el presidente de la Fed más rico de la historia, con una fortuna personal que se acerca a los 200 millones de dólares. La segunda, que su vínculo con Silicon Valley no es lateral ni circunstancial, sino estructural. Sobre esa base, hizo un anuncio que podría pasar a la historia de la política monetaria estadounidense: la creación de cinco grupos de trabajo para revisar los fundamentos de la estrategia de la Fed. Entre ellos, el Grupo de Trabajo sobre Productividad y Empleo, encargado de estudiar el impacto económico de la inteligencia artificial, confirmó a tres figuras muy precisas: Marc Andreessen, Asha Sharma y Charles I. Jones.

No eran economistas neutrales. No eran burócratas de carrera. Eran, cada uno desde su posición, actores insertos en redes de poder, dinero y validación intelectual. Lo que Warsh ha diseñado no es un ejercicio académico desinteresado. Es una arquitectura institucional para financiar y legitimar una teoría económica, que la inteligencia artificial será una fuerza desinflacionaria. Esa premisa cumple un doble propósito. Por un lado, beneficia a las grandes tecnológicas y a sus inversores, que necesitan sostener valoraciones extraordinarias y un ciclo de inversión sin freno. Por otro, ofrece cobertura técnica a la administración Trump para sostener tipos de interés bajos en medio de una coyuntura política que exige estímulo, liquidez y relato de crecimiento.

Lo más importante no es que participen empresarios tecnológicos. Eso ya sería bastante. Lo decisivo es quiénes son y qué representan. El grupo no oculta el poder: lo exhibe, lo normaliza y lo convierte en supuesto técnico. Ese es el verdadero blanqueo. No consiste en esconder a los dueños del proceso, sino en hacer que su presencia parezca natural, inevitable y hasta necesaria. Cuando eso ocurre, el poder deja de presentarse como interés particular y pasa a hablar con voz de verdad institucional.

Marc Andreessen es el ejemplo más claro. Cofundador de Andreessen Horowitz, una de las firmas de capital de riesgo más influyentes del mundo, ha construido una cartera de cientos de empresas con una apuesta especialmente intensa por inteligencia artificial, software y aprendizaje automático. En febrero de 2026, la firma recaudó 15.000 millones de dólares, de los cuales 1.700 millones fueron asignados específicamente a infraestructura de IA. Poco después, comprometió otros 3.000 millones a esa misma estrategia.

Andreessen no observa la IA desde fuera. Es uno de sus mayores beneficiarios y uno de sus más activos defensores públicos. Le conviene que el consenso dominante sea que la IA es “masivamente deflacionaria” y que su expansión requiere paciencia monetaria, crédito barato y flexibilidad regulatoria. También es un actor político de primer orden. Fue recaudador de fondos para Trump y asesor no remunerado del DOGE de Elon Musk. En otras palabras: no fue elegido por neutralidad técnica, sino por afinidad estratégica. Su presencia en el grupo traduce un interés privado en un lenguaje de política pública. 

Asha Sharma ocupa otro vértice del mismo entramado. Es vicepresidenta ejecutiva de Microsoft y, al mismo tiempo, una figura clave dentro del universo empresarial que gira en torno a la infraestructura de IA. Antes de ocupar ese rol, dirigió Core AI en Microsoft, con responsabilidad sobre Azure AI y Copilot. Su nombre entra en la Fed en un momento especialmente significativo: apenas días después de que Microsoft anunciara el despido de 3.200 empleados en Xbox, la mayor reestructuración en la historia de esa división. 

La ironía es brutal, pero no accidental. La misma ejecutiva que participa en la reorganización corporativa de un gigante tecnológico responsable de despidos masivos aparece ahora como asesora sobre productividad, empleo e impacto laboral de la IA. Eso no es una contradicción, es el mensaje. Sharma representa la necesidad de Microsoft de sostener un entorno de tasas bajas que facilite su gasto de capital en IA, proyectado en cifras descomunales para 2026. El mercado ya mostró su incomodidad, las acciones de la empresa sufrieron una de sus peores caídas en décadas, precisamente por el temor a que la inversión en IA no produzca los retornos esperados en el plazo prometido. La Fed, con este nombramiento, entra en el corazón de ese problema.

Charles I. Jones completa la tríada con el barniz académico. Profesor de economía en Stanford y actualmente en excedencia en Anthropic, Jones trabaja sobre crecimiento económico, innovación y cambio tecnológico. Su presencia no aporta sólo prestigio, sino legitimidad intelectual. Anthropic, empresa de frontera en IA, opera con pérdidas gigantescas y con una expectativa de rentabilidad futura cada vez más postergada. Jones está, por lo tanto, en una posición singular: conecta la teoría del crecimiento con una corporación que necesita que esa teoría sea políticamente útil.

Su función en el grupo es decisiva. Mientras Andreessen representa el capital de riesgo y Sharma el músculo corporativo de una gran plataforma tecnológica, Jones encarna la autoridad académica que puede traducir intereses privados en lenguaje neutral. Ese es el dispositivo central del poder contemporáneo, no basta con mandar; hay que hacerlo parecer conocimiento. La academia no sólo observa al capital tecnológico, también puede servir de puente para su normalización. En ese sentido, Jones no es un agregado decorativo: es la bisagra que convierte una apuesta empresarial en una hipótesis con apariencia de ciencia. 

Los tres comparten una convicción fundamental, la IA sería una fuerza desinflacionaria y transformadora. El grupo no parece diseñado para discutir si eso es cierto, sino para establecer cuándo se confirmará y en qué magnitud. Es un detalle crucial. Los comités de expertos no sólo producen informes: anticipan resultados, delimitan marcos de interpretación y envían señales al mercado. La composición del grupo ya sugiere la conclusión. 

Pero para entender por qué este movimiento es tan importante, hay que mirar el problema financiero de fondo. La burbuja de la IA no es una metáfora, es una estructura de inversión gigantesca, sostenida por expectativas desproporcionadas, circularidad financiera y necesidad permanente de capital fresco. OpenAI, Anthropic, xAI y los grandes hiperescalares —Microsoft, Google, Amazon, Meta— se encuentran en una carrera contrarreloj. Necesitan convencer al sistema financiero de que el gasto actual se convertirá en productividad futura antes de que el mercado pierda la paciencia. Y mientras tanto, queman efectivo a un ritmo que recuerda los episodios más extremos del capitalismo de plataformas. 

OpenAI y Anthropic son los casos más ilustrativos. Ambas están atrapadas entre ingresos crecientes y pérdidas todavía mayores. OpenAI genera miles de millones en ventas, pero sus costos operativos siguen muy por encima de su facturación. Anthropic, por su parte, combina crecimiento acelerado con pérdidas multimillonarias y una proyección de rentabilidad cada vez más lejana. En conjunto, el sector promete un futuro de productividad extraordinaria mientras hoy depende de una montaña de financiamiento para sostener su expansión. 

El problema no es sólo el tamaño de la inversión, sino su arquitectura. La llamada financiación circular se ha convertido en el verdadero motor de la burbuja. Nvidia invierte en OpenAI, que luego utiliza esos fondos para comprar chips de Nvidia. Microsoft financia y al mismo tiempo hospeda parte esencial del ecosistema en la nube. Google y Amazon sostienen a Anthropic, al tiempo que monetizan la infraestructura que esa misma empresa necesita. El dinero da vueltas dentro del mismo circuito, inflando valoraciones y reforzando expectativas sin que necesariamente se cree valor proporcional. 

Ese mecanismo tiene un parecido inquietante con los peores momentos de la ingeniería financiera contemporánea: no por su forma exacta, sino por su lógica. El capital no se expande hacia afuera; se recicla sobre sí mismo. Se produce una apariencia de crecimiento que depende de la continuidad del entusiasmo y de la abundancia de crédito. El riesgo sistémico no está sólo en una empresa, sino en la red completa de apuestas cruzadas. 

Por eso la tesis de Warsh es tan funcional al sector. Si la IA logra presentarse como una fuerza desinflacionaria, la Fed tiene margen para mantener tipos bajos o incluso reducirlos sin aparecer como rehén de Wall Street. Pero ese relato omite algo obvio, construir la IA es inflacionario en el corto plazo. Requiere chips, energía, centros de datos, ingeniería, conectividad y una expansión material colosal. La promesa de desinflación futura convive con una presión alcista inmediata sobre costos y precios. Es decir: la IA puede ser desinflacionaria en teoría, pero inflacionaria mientras se la construye.

Ahí aparece el valor político de la operación. Trump necesita actividad económica, mercados calmados y una narrativa de prosperidad antes de las elecciones de medio mandato. Warsh le ofrece una cobertura técnica para ese objetivo. Si logra instalar que la IA eleva la productividad y contiene la inflación, la Fed gana margen para sostener una política monetaria complaciente. Esa complacencia no es neutral: beneficia a los grandes balances corporativos, a la valorización bursátil de las tecnológicas y a una Casa Blanca que necesita mostrar dinamismo sin pagar el costo político de un ajuste.

La captura, en este caso, no es un episodio clandestino. Es una captura limpia. Se presenta como modernización, como actualización institucional y como apertura a la “experiencia del sector”. Pero su contenido es otro, trasladar el centro de gravedad de la interpretación económica hacia un bloque de poder donde se cruzan capital de riesgo, big tech, academia de élite y gobierno. El resultado es un blanqueo del mando. No se esconde quién decide; se lo reviste de inevitabilidad técnica.

En esa operación, Silicon Valley no sólo busca rentabilidad. Busca subsidios indirectos. Tipos bajos, regulación benigna y una narrativa pública que sostenga el valor de sus apuestas. El contribuyente termina absorbiendo parte del riesgo, vía inflación, vía endeudamiento público, vía erosión del poder adquisitivo y socialización de pérdidas si la burbuja estalla. La ganancia se privatiza; el costo se distribuye. Esa es la esencia del negocio.

El contexto geopolítico refuerza todavía más esta lógica. La carrera por la IA está atravesada por la competencia con China, y eso permite presentar cualquier demanda de financiamiento como una necesidad nacional. Si hay que sostener la inversión, se dice, es para no perder la pulseada tecnológica global. De ese modo, una estrategia de rentabilización corporativa queda envuelta en lenguaje de seguridad económica y soberanía estratégica. La inversión privada se viste de misión nacional.

El problema es que esa misión puede llegar tarde o mal. Si la productividad prometida por la IA no aparece en el tiempo esperado, la economía se quedará con una montaña de deuda, una infraestructura sobredimensionada y activos sobrevalorados. Si aparece demasiado tarde, la burbuja habrá reventado antes. Si aparece en parte, pero no al nivel exigido por las valoraciones actuales, el ajuste será doloroso. En todos los casos, la Fed habrá quedado asociada al relato que ayudó a construir.

La pregunta, entonces, no es si Silicon Valley influye. Eso ya está fuera de discusión. La pregunta es cuánto de la política monetaria estadounidense empieza a redactarse desde la lógica de sus corporaciones, sus fondos y sus economistas asociados. Si el objetivo es describir con precisión este momento, la respuesta más honesta es incómoda: la Fed no sólo está escuchando a Silicon Valley. Está empezando a interpretar la realidad con sus categorías.

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