02/06/2026│El gobierno de Javier Milei ha puesto en la mira uno de los símbolos más queridos del turismo social argentino: el complejo de Chapadmalal. La idea de privatizar estas unidades turísticas no es solo un recorte más. Es un acto de profunda miopía. Es, para decirlo claro, un tiro en el pie.
Por Ramiro Carlos
H. Caggiano Blanco (*)
En la Unión Soviética, los sanatorios
funcionaban como una extensión del sistema de salud: el trabajador recuperaba
cuerpo y mente para volver a la fábrica renovado. No era caridad: era una
inversión en la fuerza laboral. El peronismo fue más allá. En la Argentina
peronista, el descanso pasó a ser considerado un derecho social explícito,
además de un lugar de socialización y reunión familiar. Chapadmalal fue la
materialización de igualar derechos "para arriba": darle a los
humildes los mismos bienes de goce que la clase rica. Fue, durante
generaciones, el mar para el obrero.
Europa, Brasil y la
"no" lección de EE.UU.
Mientras por estos lares algunos ven un
"gasto", España invierte millones en el programa IMSERSO, que
mantiene vivos hoteles y empleos en temporada baja. Alemania garantizó por ley
24 días de vacaciones pagas al año y los sindicatos aportan infraestructura
hotelera. Brasil creó el Sesc: una red propia de hoteles financiada por el
sector comercial que, solo en Río de Janeiro, alojó a más de 106 mil huéspedes
en 2024.
¿El modelo que nos quieren vender? El de
Estados Unidos, donde las vacaciones son un premio individual. Millones de
trabajadores no tienen un solo día pagado de descanso al año. El "sueño
americano" de la casa rodante es, para la mayoría, una quimera.
No es un gasto, es
una inversión
Quienes celebran la privatización
deberían mirar los números. El turismo social desestacionaliza la economía:
llena hoteles en invierno, sostiene empleos, dinamiza comunidades. El discurso
del ajuste dice: "el Estado no puede pagar vacaciones". Es mentira.
Porque el turismo social invierte
en el trabajador: un empleado descansado rinde más y se enferma
menos. Invierte en
la familia al favorecer tiempo de calidad en el núcleo
familiar. Invierte
en la comunidad receptora: el pequeño hotel, el artesano, el
guía… todos viven de ese movimiento. Es derrame real, economía circular. España
ya demostró con estudios que es rentable. No es filantropía, es política
pública inteligente que se pone en peligro por una medida económica,
cortoplacista y cosmética, de presentar un supuesto "déficit cero"
vendiendo las joyas de la abuela.
Más allá de la
economía, hay que recuperar la visión humanista
Privatizar Chapadmalal no solo arrebata
un derecho conquistado. Es un pésimo negocio: se vende patrimonio por dos
monedas, se destruye una red que beneficiaba a miles de familias humildes, y se
le dice al trabajador que su descanso depende del mercado. El trabajo no es una
condena, y las vacaciones no son una dádiva. El descanso es un derecho humano y
una necesidad sanitaria.
Detrás de esta decisión hay una
concepción del mundo: la que ve el trabajo como una maldición bíblica y el
descanso como un premio individual. Nosotros pensamos distinto: el trabajo es
creación, y el descanso es un derecho humano. Recuperar esa visión humanista no
es populismo. Es visión económica de largo plazo y, por sobre todas las cosas,
un imperativo de justicia.